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Salvajada en el Mediterráneo

Incomprensible y desmesuradamente cruel ha sido el asalto de los militares de la Marina Israelí a un grupo de barcos que transportaba ayuda humanitaria para los palestinos. La llamada Flota Libertad tenía como objetivo poner fin al bloqueo de Palestina impuesto por el Gobierno de Israel.  La acción era demasiado arriesgada y a pesar de las advertencias la misión siguió adelante.

El asalto se produjo en aguas internacionales y según los militares israelís, fue una respuesta a las agresiones que recibieron desde las embarcaciones, según declaró el ministro de defensa israelí, Ehud Barak.

El conflicto ha acabado con el apresamiento de todos los barcos, decenas de heridos (militares de Israel también) y un número indeterminado de muertos entre 9 y 15. Debido a que 3 de los tres barcos de la flota humanitaria, procedían de Turquía, en estos momentos las relaciones entre este país e Israel son muy tensas. Los árabes de Cisjodania y Gaza  han mostrado su cólera por la demostración de poder de Israel y el mundo árabe, una vez más, se ha levantado para protestar por un nuevo agravio. El Gobierno de Israel con su primero ministro al frente, justifica la acción culpando a los grupos terroristas de Hamas y Al Aqaeda por ser los instigadores de este conflicto que servirá de aviso a todo aquel navegante que ose a violar el bloqueo a Gaza.

Desde Israel se tiene claro la forma de actuar ante el mínimo indicio de amenaza. El salvaje abordaje de la Flota Libertad es un ejemplo de la manera de solucionar cualquier posible problema que pueda cambiar aunque sea un mínimo la situación actual y el jarabe de palo el remedio más eficaz. Con un Irán envalentonado por los últimos logros conseguidos con respecto a su política nuclear, Israel parece estar radicalizando su estado de alarma que hace cada día más insoportable la vida a los palestinos (ya extremadamente difícil desde hace décadas). No es de extrañar que esta actitud alimente otras de sentido opuesto y espolee aquello contra lo que Israel quiere luchar, esto es, el fortalecimiento de grupos terroristas y la beligerancia con los países vecinos.

Lejos de solucionarse el casi eterno enfrentamiento entre musulmanes y judíos en Oriente próximo, la solución más factible parece ser la de la guerra, que al igual que se produce con un volcán, tenga sus periodos más activos con los que se libere energía hasta reactivarse nuevamente tras recargarse. Un ciclo de ida y vuelta por los siglos de los siglos, hasta que uno o los dos bandos , caigan. Poniéndome apocalíptico y con un Irán cargadito de armas nucleares, un Estados Unidos defendiendo la causa sionista, un Israel con su respuesta proporcional preparada ante el inminente ataque y un sistema económico que no se sabe a donde va… el final se lo pueden imaginar todos.

Más hacia oriente también tenemos a otros dos, las dos Coreas, que no han dejado de juguetear con la amenaza sacando pecho para luego retroceder.

Como siempre me voy al cine.. Y es que quiero poner imágenes a esta parrafada con dos momentos fantásticos que nos regaló Kubrick.. El inicio de “2001, una odisea en el espacio” para expresar en imágenes lo que es este mono loco, al que llamamos ser humano, desde su inicio y como será su final en un futuro quizás no muy lejano con la maravillosa canción “We`ll meet again” mientras el mundo se sumerge en una hecatombe nuclear.

Asalto israelí:

Lucha entre antepasados (2001, una odisea en el espacio)

Final nuclear (¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú)

Testimonio de un soldado israelí:

Comienzan a surgir en la sociedad israelí las primeras voces contra la guerra. El domingo, una marcha en Tel Aviv para pedir el final de los bombardeos en Gaza y el Líbano. Hoy, una noticia que conmocionó a la opinión pública: el sargento Itzik Shabbat anunció que se negaba a participar en la ofensiva contra Beirut, “Lo hago para oponerme a esta locura y para romper con la ilusión de que todos estamos a favor de esta guerra innecesaria basada en mentiras”, afirmó este joven reservista de 28 años que vive en Sderot, ciudad próxima a Gaza en la que suelen caer los misiles Qassam de Hamás.
Se acerca la hora del regreso a Gaza. Apuro las últimas entrevistas en Jerusalén. En un café de Jaffa Road, me encuentro con Yehuda Shaul, fundador de la ONG Breaking the Silence (Rompiendo el silencio).

“Todo es una locura: la ocupación, la forma inhumana en que tratamos a los palestinos”, me dice. “En Israel entras al ejército con 18 años porque quieres luchar contra el enemigo de tu país, porque quieres dejar tu marca en la historia, y haces lo que te dicen, sin pensar. Y allí todo te ayuda para que no pienses. Misiones que cumplir, órdenes que seguir”.
“Y no ves a los palestinos como seres humanos, los ves como animales. Entras a su casa durante la noche, los despiertas, les gritas, las mujeres allí, los hombres allí, y rompes todo. Son cosas que no harías aquí en Israel, pero las haces allí. Y, para poder hacerlo, niegas la realidad. Es la única forma. Creas entre tú y la realidad un muro de silencio”.

“Te pongo otro ejemplo: si encuentras en la noche un paquete sospechoso que puede ser una bomba, llamas al primer mohamed que encuentras en la calle y le dices que lo abra. Podrías llamar a un experto que lo desactivase, tardaría diez minutos en venir, pero mejor hacer que un palestino se juegue la vida, ya que para ti es lo mismo, no lo ves como un ser humano. Yo hacía eso con mis soldados en Hebrón “.
“Y también en Nablus, cuando quería entrar a una casa, si pensaba que podía haber una bomba trampa, cogía al mohamed de turno y lo obligaba a que abriera la puerta. Es parte de la rutina del ejército: usar a los palestinos como escudos humanos”.
“Lo mismo cuando estás en un check point, los obligas esperar mucho más de los necesario, a veces durante horas, y coges a un palestino al azar y le das una paliza, de cada quince o veinte que pasan, para que el resto tenga miedo y esté tranquilo. Sólo así, tú que estás con cuatro soldados más los dominas a ellos que son miles”.
“Y cuando entras a Gaza con el carro de combate y ves un coche nuevo, aunque tengas espacio en la carretera, pasas por encima. Y también disparas a los tanques de agua. Para meterles miedo, para que te respeten, porque esa es la lógica de lo que nos enseñan a los soldados israelíes”.
“Además, eres joven y empiezas a disfrutar de ese poder, de que la gente haga todo lo que les digas. Es como un video juego. Estás en un check point en medio de la ruta, tienes a veinte coches esperando, y con sólo mover el dedo hacen lo que tú quieras. Juegas con ellos. Los haces avanzar, retroceder. Los vuelves locos. Tienes 18 años y te sientes poderoso”.
 
“Tres meses antes de abandonar el ejército, dirigía una unidad en Hebrón, había hecho una buena carrera, así que tenía tiempo libre. Una mañana me miré ante el espejo y comprendí que todo aquello era un error y supe que no podría seguir adelante con mi vida si no hacía algo. Por eso, apenas salí, junto a los soldados de mi unidad, montamos una exposición con nuestras fotos, se llamaba Traer Hebrón a Tel Aviv”.
“Cayó como una bomba en la sociedad. Vinieron parlamentarios, periodistas. Pasaron siete mil personas. Entonces creamos Breaking the silence, donde damos espacio para que los soldados cuenten los abusos que cometen sistemáticamente. Más de 350 lo han hecho. Ahora tenemos exposiciones y vídeos en Europa, en Israel”.
 
“Alguna gente dice que son casos aislados. Las madres dicen: mi hijo, que está ahora en el ejército es bueno, no hace estas cosas, esto sólo lo hacen los soldados beduinos o los etíopes. Pero no es cierto. Todos las hacemos, porque es la lógica de la ocupación israelí: aterrorizar a los palestinos”.
 
“Los check points no sirven para detener a los palestinos de entrar a Israel, es para que la realidad no entre a Israel. Porque esta es una sociedad de soldados, todos pasamos por el ejército tres años cuando somos jóvenes y luego un mes al año. Y todos hacemos eso. Por eso existe el muro de silencio, de negación, porque todos somos responsables y no lo queremos admitir”.
 
“Ellos son las víctimas, nosotros los victimarios. Pero como victimarios, también pagamos un precio. Esta es una sociedad que no se anima a mirar a los ojos a la verdad, a sus propios actos. Es una sociedad, como consecuencia, moralmente enferma”.

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