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Los demos

En la ciudad de los grandes rascacielos, en las noches de amarilla luna llena, recortan su redondez una bandada de monstruos alados, infernales sombras, los demos. Vuelan tras las presas que sacien a sus estómagos famélicos. Oye, allá a los lejos… el estrépito de un impacto que rompe el frágil silencio, luego, más difuso, el tintineo de cristales cayendo y finalmente, un grito;  pobre víctima que será devorada. Una y otra vez se vuelve a escuchar la escalofriante secuencia.  Aguardo en esta terrible espera el final de mi vida o de la noche.  La tenue luz de la ventana de mi  jaula momentáneamente se apaga, me estremezco al oír el aire cortado por el cercano aleteo de la bestia que ya ha pasado.

Con los primeros rayos del sol, las nocturnas rapaces se retiran. Las últimas terminan apuradamente sus banquetes macabros. Aún se las puede ver en lo alto de algunos edificios con sus barrigas orondas, bañadas en sangre, sosteniendo entre sus garras las vísceras o los huesos que han quedado en los despojos de la cacería.  Despliegan sus alas hacia el sol naciente para derretir la escarcha que la gélida noche ha dejado sobre ellas; se arrojan al vacío planeando  para después  ascender  con pausados aleteos. Mientras el cielo de rojo se llena, cuando apenas quedan estrellas, los demos hacia su guarida regresan. Allí, en un viejo edificio abandonado, esperarán  soñando a que un amarillo rayo lunar  de su letargo les saque.

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