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Los demos

26 noviembre 2011 Deja un comentario

En la ciudad de los grandes rascacielos, en las noches de amarilla luna llena, recortan su redondez una bandada de monstruos alados, infernales sombras, los demos. Vuelan tras las presas que sacien a sus estómagos famélicos. Oye, allá a los lejos… el estrépito de un impacto que rompe el frágil silencio, luego, más difuso, el tintineo de cristales cayendo y finalmente, un grito;  pobre víctima que será devorada. Una y otra vez se vuelve a escuchar la escalofriante secuencia.  Aguardo en esta terrible espera el final de mi vida o de la noche.  La tenue luz de la ventana de mi  jaula momentáneamente se apaga, me estremezco al oír el aire cortado por el cercano aleteo de la bestia que ya ha pasado.

Con los primeros rayos del sol, las nocturnas rapaces se retiran. Las últimas terminan apuradamente sus banquetes macabros. Aún se las puede ver en lo alto de algunos edificios con sus barrigas orondas, bañadas en sangre, sosteniendo entre sus garras las vísceras o los huesos que han quedado en los despojos de la cacería.  Despliegan sus alas hacia el sol naciente para derretir la escarcha que la gélida noche ha dejado sobre ellas; se arrojan al vacío planeando  para después  ascender  con pausados aleteos. Mientras el cielo de rojo se llena, cuando apenas quedan estrellas, los demos hacia su guarida regresan. Allí, en un viejo edificio abandonado, esperarán  soñando a que un amarillo rayo lunar  de su letargo les saque.

El niño verde

La última luz del día moría tenue atravesando la claraboya del sótano y enciendiendo con moribundos azules su interior. Yacía, en un ricón, sobre la cama, un niño y a su lado, el Profesor Flo, preocupado por la salud del paciente; sólo rompía la quietud de la escena el sonido del viento moviendo las ramas de los robles cercanos a la casa solitaria.

Flo encontró al niño en la última excursión que había hecho a una de las cuevas frecuentadas por él. Lo descubrió en una de las grutas más profundas, echado en el suelo, casi inerte, envuelto por las tinieblas y el silencio de un sepulcro. El ritmo cardiaco de Flo se aceleró, el instintivo miedo a lo desconocido heló su alma.  La luz de la linterna arrojó de la oscuridad a un ser de piel verde, grandes ojos ycráneo ovalado. Su cuerpo parecía normal y, por el tamaño, tenía que ser un niño. Quizás se había perdido y, en su intento de volver a casa, se perdió en el laberinto subterráneo. Alejado de su hogar, procedente de un submundo interior, desesperado y agotado, terminó esperando con resignación la hora de su muerte en aquella lúgubre gruta. Flo consiguió reanimarlo y sacarlo de allí. Lo cuidó y después de unos días, la pequeña criatura caminó e intento comunicarse en un idioma de gruñidos. Sólo comía vegetales, nada más.

Poco después, el niño enfermó. Su respiración se hizo pesada y el intenso color verde de su piel palideció.

Los ojos del niño verde resaltaron en el sótano al reflejar la claridad de la Luna. Su silbante respiración se había desacelerado. El Profesor, inmóvil, sujetaba la muñeca del niño, ansioso por no dejar de sentir el latido de su corazón. Vibraron los elitros de un grillo; la brisa sacudió el follaje del bosque cercano; las manecillas del reloj de Flo marcaron las ocho y cuarto cuando el pequeño suspiró por última vez arqueando su cuerpo antes de que sus rígidos músculos atraparan aquella postura inerte de dolor infinito. El Profesor sintió en su mano derecha la extinción del flujo vital.

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